RESEÑA SOBRE EL LIBRO BRUJULA PARA NAVEGANTES EMOCIONALES DE ELSA PUNSET

Caratula libro Brujula para navegantes emocionales (2)
Este libro es sobre educación emocional. Punset hace un recorrido de los problemas psicológicos desde la infancia hasta la adultez. Según ella, los patrones emocionales negativos y los condicionamientos sociales afectan nuestra vida emocional. La educación, la religión e instituciones  políticas y sociales inciden en la gestión de la vida. Si bien la primera pone énfasis en la formación académica se olvida de la educación emocional.
Insiste que hay que conocer nuestras emociones para entender nuestra conducta. Por ello, hay que desarrollar la inteligencia emocional, entender nuestras emociones y gestionarlas. Se requiere controlar las emociones negativas, comprender a los demás y mantener el equilibrio.
La autora señalas que los ladrillos emocionales se construyen en el hogar. Hay que mantener una vivencia armoniosa, no solo controlar las emociones negativas (miedo, ira, tristeza y asco) sino desarrollar las positivas (felicidad). La represión de estas las llevan al inconsciente, donde es difícil controlarlas. La autora señala que los patrones emocionales están basados en experiencias, que formaron costumbres y creencias que heredamos de nuestros padres y entorno. Hay que desaprender y buscar la alfabetización emocional.
La vida familiar es fundamental para el crecimiento personal.
Según ella, la madurez emocional del niño es clave  pero los padres establecen normas e ignoran sus sentimientos y emociones que están detrás de su comportamiento. La autora señala que el apego es fundamental para el desarrollo emocional del niño. En esa tarea los padres son vitales para la formación de habilidades emocionales.
Recomienda que en la niñez, los padres deben ayudar desarrollar la empatía, responsabilidad en toma de decisiones, el amor incondicional, autenticidad en las relaciones familiares, etc. Es clave conocer el temperamento de nuestros hijos para conocer sus necesidades y cuáles son los canales del lenguaje del amor.
También es importante enseñarle a cómo resolver conflictos y no aplicar castigos injustos. Los padres deben responder a la atención de los niños y el amor que requieren. Disciplinarlos buscando motivar y responsabilizar al niño. Además la autora sugiere enseñarles formas de controlar la ira, guiarlos cuando enfrente la tristeza.
Plantea que en la adolescencia hay que encaminarlos hacia su conexión con el mundo. Guiarlos para que asienten su identidad personal y entender su fidelidad hacia otros. Dicha conexión se puede alcanzar por medio de la comunidad, arte, naturaleza y deporte.
Insiste que debemos desarrollar la comunicación con los demás enfrentando el miedo y evitando la soledad. La relación con los demás debe ser respetando los sentimientos y necesidades afectivas. Los jóvenes se enfrentan al amor romántico y deben aprender a la expresión explicita del amor.
Recomienda también los adolescentes deben aprender los distintos lenguajes del amor y el sexo. Evitar la posesividad, el deseo de controlar y dominar así como la manipulación, la instrumentalización del amor. Desarrollar el amor incondicional en la pareja, evitar las fantasías y proyecciones y respetar los límites de la pareja y saber enfrentar el desamor: la experiencia del abandono de la pareja y enfrentarlo.
Señala que si bien en la juventud las emociones se expresan sin rodeos, en la adultez aprendemos a controlarlas. Las emociones y pensamientos están ligadas y la mente cede ante emociones poderosas. Pero las tradiciones religiosas y sociales nos obligan a encerrar las mismas. En Occidente se fomenta emociones como el deseo codicioso y el miedo a la inseguridad, se incentiva la búsqueda del bienestar material y la felicidad a través de acumulación de propiedades y bienes, de ahí, por ej. el consumismo. Podemos reprimir las emociones negativas pero estas algún día explotan a través de la ansiedad y enfermedad. Hay que aprender a gestionarlas y cultivar las emociones positivas.
Hay diferencias de la expresión de las emociones entre mujeres y hombres. Ellas las expresan más fácilmente con palabras, gestos y lenguaje corporal, en cambio, los hombres las reprimen y tienden a ignorar sus sentimientos. Tienen miedo de verse abrumados por sus sentimientos.
De las emociones positivas, la felicidad es fundamental y a ella se asocian la alegría, exuberancia, el humor, la risa, el optimismo e incluso la curiosidad. Las emociones positivas y negativas son la misma cara de la moneda. Hay que estimular las primeras como meditación, relaciones amorosas satisfactorias, el contacto con los animales de compañía, las relaciones interpersonales basadas en la ayuda y la compasión y la práctica del ejercicio moderado. Es importante renovarnos para enfrentarnos a la vida diaria. Hay 2 condiciones para ello: el autoconocimiento, que es la piedra de toque para el manejo de las emociones, que es fundamental para el control y disfrute de la vida. La segunda es una vida saludable que requiere dormir las horas necesarias, llevar una dieta equilibrada y hacer ejercicio moderado. También practicar el fluir, fomentar la curiosidad, desarrollar la creatividad, disfrutar conscientemente del momento presente, modificar deliberadamente nuestro entorno, el dinero no da la felicidad, fomentar el optimismo, practicar el humor y la risa, fomentar activamente nuestra visión personal y convivir con las limitaciones y restricciones. Además debe desarrollarse la intuición,  el control de las emociones, la resiliencia (repuesta ante la adversidad, que es un ajuste saludable ante los reveses de la vida y la capacidad personal de no dejarse abrumar por las emociones negativas y estresantes).
Adicionalmente recomienda el desaprendizaje en el adulto. En el inconsciente se guardan las emociones reprimidas y éste dicta nuestro comportamiento. Las emociones sigue siendo necesarias para llegar a la raíz de nuestras inclinaciones, analizarlas y empezar a deshacerlas. Es un proceso lento, que exige dedicación, sobre todo al inicio, cuando tenemos que considerar cada creencia y prejuicio. Este trabajo de mantenimiento nos llevará a descartar nuevas creencias y actitudes, a fortalecer otras y a descubrir nuevas formas de pensar y sentir. Uno de los problemas emocionales es el condicionamiento y El miedo es uno de los factores claves de éste. Si decidimos enfrentarnos de manera consciente al miedo y a la resistencia al cambio, luchamos contra nuestro inconsciente y nuestros condicionamientos.
La autora plantea que el pasado nos bloquea a base de miedos condicionados inconscientes o conscientes. La resolución de estos conflictos no implica necesariamente la renuncia a los deseos, sino enfrentarse a los temores y miedos que subyacen estos deseos. En la base del temor está el miedo a sufrir, a necesitar cosas externas que en realidad podrían ser meros espejismos. Si en cambio usamos el dolor como una brújula que indica cuando algo no está bien  y aprendemos a desactivar los miedos que lo producen, resulta tan útil como las varillas que detectan las bolsas de agua bajo tierra.
Enfrentarse al miedo se convierte en una herramienta decisiva para vivir mejor. Enfrentarse al ego es una tarea fundamental. El ego parece un refugio seguro porque allí nos sentimos menos vulnerables a los demás. Pero el adulto que se confunde con su ego le ocurre como si se hubiese vestido con ropa que no le pertenece y, sin embargo, se identifica con lo que lleva puesto. Aunque el ser emocional pueda estar reprimido, no conseguimos nunca engañarnos del todo. En cuanto aparece el fracaso o la conmoción incluida la experiencia del amor el conflicto entre el ego y la verdad individual de cada uno sale a la luz de la consciencia. Se tambalean los cimientos del ego construido por cada persona y se cuestionan las verdades exteriores aprendidas.
Otra herramienta de desaprendizaje es lo que Carol Anthony llama la desprogramación de la mente. Compara el ego a un programa interno instalado en la psique que actúa para convencernos que nuestro ser es incapaz y débil y que debemos doblegarnos a las verdades aprendidas. “La desprogramación se consigue retirando la conformidad que dimos, consciente o inconsciente, a determinadas verdades, como resultados de castigos o amenazas, o porque alguien mayor que nosotros nos dijo que eran verdades, o porque nos parecieron probables”.
En el epilogo, la autora señala que hay diferentes etapas en la vida. A veces la vida parece estancarse. En esta etapa de espera es útil recordar que las etapas de la vida tienen un ciclo natural de crecimiento, plenitud y decadencia, tras el cual se inicia un nuevo ciclo. Al contrario de lo que creemos, el proceso de evolución y desarrollo humano psíquico y físico no se detiene al final de la adolescencia: prosigue durante toda la vida. Los primeros años de juventud, hasta los 25 o 26 años, son una etapa peculiar y hasta cierto punto engañosa: todas las oportunidades aparecen abiertas y las diferencias y debilidades personales se disimulan tras el barniz de la juventud. La primera prueba real será en breve, cuando cada persona vaya tomando decisiones, a menudo basadas en motivaciones inconscientes, que empezaran a cerrar puertas y a condicionar el resto de su vida.
En torno a los treinta la mayoría elige la pareja estable y una profesión con que ganarse la vida. La borrachera de la juventud y despreocupación empieza a tocar fin. Puede haber experiencias positivas.  Para otros, los espejismos de la juventud desvelan un camino más accidentado y dificultoso del esperado. La vida empezará a propinar decepciones profesionales, personales, económicas, emocionales.
 Algunas personas llegan a la edad de la madurez adulta, en torno a los 35 años, escarmentadas por el dolor. Algunos deciden que las emociones son dañinas. Prefieren vivir con las emociones adormiladas o reprimidas con tal de no enfrentarse a sus efectos transformadores e intensos. En realidad la vida después de los 40 debería ser una vida rica psíquicamente: las emociones son tan rotundas como a los 20 años, pero se ha acumulado experiencia para hacer frente a la marea emocional, e intuición y confianza para recorrer el camino de forma más deliberada. Conocemos el valor del tiempo y sabemos que somos capaces de sobrevivir al dolor. Reconocemos instintivamente nuestros patrones negativos y  a veces podemos evitarlos, o incluso desactivarlos. Las inundaciones emocionales son menos frecuentes. Cuando entendemos las razones de nuestro desasosiego emocional, podemos razonarlo e incluso controlarlo. Con cada esfuerzo por entender y situar en su contexto nuestras emociones y nuestra vida salimos reforzados.
Otro elemento importante es la integridad, la fusión de la identidad pública y privada. Otra oportunidad que ofrece la madurez emocional es no confundir nuestro ser con nuestras circunstancias, sobre todo cuando estas se tornan difíciles. Los adultos emocionalmente maduros saben que el mundo es inseguro y cambiante y que nada externo puede darles seguridad real. Buscan, por tanto, esa serenidad en el interior. Así, cuando los problemas acechan es posible que hallemos en nosotros mismos un lugar emocionalmente seguro al que acudir el hogar invisible que todos llevamos dentro, aquel que los niños, en su infancia, necesitan ver proyectado en el hogar de sus padres.
Durante la juventud se lucha de forma casi física para conseguir una forma de vida determinada y reclamar un lugar en el mundo. La madurez supone una lucha basada en los valores conscientemente elegidos. Aunque es la época del reconocimiento de la realidad, es decir, de los límites, lo es también del desarrollo de la fuerza necesaria para superar los obstáculos, y de la capacidad de apartarse de forma consciente de determinadas formas de vida, influencia o personas. Todo ello implica riqueza y fortaleza interior, desde cualquier perspectiva vital o creencia que se tenga.

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