Hans Selye definió el estrés como un proceso que abarca el conjunto de repuestas adaptativas como los factores desencadenantes (estresores), pero también se presentan repuestas mal adaptativas.
Las respuestas adaptativas conducen a una serie de reacciones fisiológicas para proteger, mantener o recuperar la homeostasis. Dichas respuestas dependen de la activación del sistema nervioso autónomo: SNA (simpático y parasimpático) y del sistema neuroendocrino (SNE). El SNA simpático provoca respuestas para la posibilidad de luchar y escapar. El SNA parasimpático activa la hormona adrenalina antes situaciones de estrés agudo. El SNE pone en marcha el eje hipotálamo-hipofiso-adrenal (HPA) y las estructuras cerebrales que participan en su regulación como la amígdala, el hipocampo, en el sistema límbico, y la corteza prefrontal. Se activa el HPA que emite cortisol –la hormona del estrés-. Las repuestas adaptativas dependen de la intensidad (leve, moderada o severa) y duración del impacto así como de nuestros procesos cognitivos y emocionales: evaluación subjetiva y recursos para afrontarlo eficazmente. O sea una estrategia de afrontamiento.
Las repuestas mal adaptativas llevan –como lo explica la medicina psicosomática- a efectos del estrés psicológicos que se expresan en el cuerpo y, con el desarrollo de la endocrinología, los trastornos relacionados con el estrés: ansiedad y depresión.
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FUENTE: Tafet, G., El Estrés, Edit. Emse Edapp, España, 2018